Las mañanas en Nueva Inglaterra poseen un silencio particular, denso y opresivo, sobre todo a las 5:00 a. m. Es una quietud que no solo impregna la habitación, sino que se oprime, asfixiante y gélida. Mi reloj biológico, forjado en el fuego de treinta años de turnos de enfermería en urgencias, se negaba a dejarme dormir más allá de esa hora. Incluso ahora, dos años después de jubilarme, mi cuerpo seguía condicionado. Pero aquella mañana en concreto, no fue solo la costumbre lo que me despertó. Fue un peso fantasma sobre mi esternón, una premonición envuelta en escarcha.